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Marie Kondo y el arte de revolucionar a medio mundo por los libros

Para quién no sepa todavía quién es Marie Kondo, se trata de una empresaria y consultora de organización japonesa, a quién la revista Time incluyó en 2015 dentro la lista de las 100 personas más influyentes del mundo. Con cuatro libros sobre el arte de organizar y millones de copias vendidas, el método KonMari aúna la filosofía oriental, el feng shui y el coaching inspiracional.

Lo que ha hecho que últimamente se hable mucho de esta gurú del orden es su programa en la plataforma Netflix “¡A ordenar con Marie Kondo!”, donde enseña cómo se debe mantener ordenada una casa. La polémica se desató en las redes cuando afirmó en dicho programa que no se deberían tener más de 30 libros en una casa, lo que se traduce en que, si tenemos más de esa cifra, hay que hacer limpieza (donarlos o revenderlos) para alcanzar la cifra aconsejada. La gente puso el grito en el cielo y la lluvia de críticas no tardó en llegar. Varios medios españoles se lanzaron a la calle haciéndose eco de la polémica para conocer la opinión de escritores, actores, cantantes y un sinfín de figuras conocidas, a quienes se les llenó la boca de las grandes cantidades de libros que copan sus estanterías (incluso contados por miles). “¿Treinta? ¿A santo de qué? ¿Y por qué no 27? ¿O 35?”, “No escogería nunca 30 libros”, “Con 30 no tengo ni para mis propios libros incluyendo bolsillos y traducciones”, son algunas de las declaraciones.

En ningún momento Marie Kondo ha dicho que debamos encender una hoguera y quemar los libros como si estuviéramos en la novela de Bradbury

Yo misma tengo más de 100 libros en casa (y los que están por llegar), pero como también soy una amante del orden como Kondo, voy a arrojar una lanza en su favor. Personalmente, soy bastante selectiva con los libros que compro (porque sí, sigo siendo más libros en papel que en digital), pero a veces me he encontrado con empezar a leer una saga y al cabo de dos (o cinco) libros dejar de gustarme, así que los he donado o revendido, haciendo hueco así a libros que de verdad quiero tener en mi biblioteca y dejárselos o recomendárselos a los que vienen a mi casa. Porque hay que ser realista, no tengo una casa tan grande como para tener una biblioteca similar a la del príncipe de “La Bella y la Bestia” (que, aunque me gustaría, a ver quién es el majo que evita que todos esos libros cojan polvo).

Bajo mi punto de vista, no son comparables los casos a los que se refiere Marie Kondo con las declaraciones de aquellos que tienen espacio para unos cuantos centenares o más de libros. Y, además, creo que las palabras de esta coaching del orden se han malinterpretado. En declaraciones de la propia Kondo a IndieWire, afirmó que: “No se trata de lo que yo piense sobre los libros. Lo que debería preguntarse la gente es qué piensan ellos sobre los libros. Si la idea de que alguien se deshaga de sus libros o de que tenga pocos libros los enfada, entonces eso significa que esa persona adora los libros, y que eso es muy importante en su vida”. En ningún momento ha dicho que debamos encender una hoguera y quemar los libros como si estuviéramos en la novela de Bradbury, no. “Creo que no se ha entendido el proceso, que se ha entendido como que yo recomiendo tirar los libros o quemarlos o lo que sea. Siempre recomiendo donarlos, así que eso también forma parte del malentendido, se le ha dado la vuelta a toda la explicación”.

De hecho, Kondo no sugiere que su preferencia de solo mantener 30 libros deba ser la misma para todos los demás, sino que, si éstos tienen un valor para ti, ten los que necesites para sentirte bien y deshazte de lo que no te aporta nada, que es como se puede resumir su filosofía del orden. Yo misma me sorprendí por sus palabras cuando el tema explotó en las redes sociales, pero decidí indagar un poco más sobre el contexto y no lanzarme a despotricar contra alguien solo por una declaración extraída por algún medio. Y toda esta polémica me hizo pensar que muchos de los que la atacaron de forma indiscriminada y presumieron de lo mucho que leían y de los libros que tenían, ni siquiera se molestaron en “documentarse” sobre el tema; una frase fuera de contexto bastó para opinaran y, a veces, para poder opinar sobre algo hay que leer un poco más.

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